image
Procesos - Catherine Coleman Imprimir E-Mail

PROCESOS   

      Ahora que estamos en el siglo XXI, podemos dejar atrás los presagios apocalípticos. Nos encontramos en un mundo donde no existen ni fronteras ni limitaciones, un mundo más cercano que nunca a la aldea global anunciada en los años sesenta por el canadiense Mc Luhan. Las palabras pluralismo y multicultural son de obligada referencia hoy en día. Las clasificaciones museísticas, heredadas del siglo XIX, no están exentas del cambio vertiginoso acontecido durante el siglo pasado. Están sujetas a revisión porque, sencillamente, algunas se han quedado obsoletas. La fotografía invade a la pintura y viceversa (Boltanski, Darío Villalba y Susy Gómez, por ejemplo). El pintor y el escultor hacen fotografías (David Salle, Darío Urzay, Eva Lootz, et. Al). La fotografía se incorpora a la instalación – un híbrido entre la escultura en tres dimensiones y la obra multimedia – (Alfredo Jaar) y también se muestra a la fotografía empaquetada en contenedores tridimensionales (Ana Teresa Ortega, Paloma Navares y las cajas de luz de Yolanda Ferrer, sin olvidar la obra del pionero Darío Villalba en los años sesenta con sus envoltorios). Se prescinde del tradicional soporte plano del papel sensible a la emulsión química o del polyester del cibachrome (Daniel Canogar), hasta llegar a la negación del mismísimo negativo en la fotografía digital (Pedro Meyer y Manuel Santualla, entre otros).      Tanto testimonio visual ilustra el hecho de que el artista actual no se autolimita a una disciplina única. De manera similar, Yolanda Ferrer adopta varias disciplinas sin sentirse obligada a preferir una por encima de las demás. La interdisciplinaridad, tanto artística como filosófica, queda reflejada en la entrevista mantenida entre Marta González Orbegozo y Ferrer, publicada en Heterofobias y Sueños, fundación Caixagalicia (1997), cuando esta última declara: “creo que es ridículo tratar de exaltar el ombligo propio a base de denigrar al ajeno, como me parece absurdo ese estúpido entusiasmo por las fronteras.”      Un breve repaso a su trayectoria artística nos recuerda que Ferrer ya dominaba la escultura y la pintura hace tiempo pero, sin embargo, desde 1990 ha elegido dedicarse principalmente a la fotografía, el lenguaje plástico más joven e innovador. Yolanda Ferrer inicia la exposicion con el mural fotografiado en blanco y negro de los maniquíes que componen la obra Heterofobias de 1996. A continuación, presenta las tres series posteriores, todas en color: Berlín (2000), Las Moradas (2000) y El Ki (1998 –2000), esta última basada en la energía vital. Ferrer nos presenta tres series iconográficamente diferentes entre sí aunque unidas por el hilo conductor de un pensamiento cada vez más conceptual, en cuya plasmación plástica se percibe la paulatina evolución hacia la abstracción y el distanciamiento de la figura humana.             El citado mural Heterofobias (1,80 x 2 metros) está basado en investigaciones anteriores sobre el tema del odio a las diferencias y sirve de introducción a su obra más reciente. El primer grupo de fotos, titulado Berlín, recoge las tomas realizadas durante una vista al Museo Judío de esta ciudad. De alguna manera, son una continuación del discurso sobre el ser humano no diferenciado pero plasmado plásticamente a través de la arquitectura de acero y su distribución interior en forma de estrella de David. La artista capta el ser humano disminuido en aspectos (secciones) y laberintos por el reflejo metálico del acero, sin confrontar al individuo (al fin al cabo, los maniquíes son figurativos pero no son humanos de carne y hueso). La estructura geométrica de la arquitectura domina al individuo. En Berlín 1, el hombre burgués con corbata está atrapado detrás de una ventana con rejas, enjaulado en una ventana con forma de rombo. Notamos un cambio en la actitud de la artista, desde la denuncia de las desigualdades hasta el deseo de estructurar y controlar el entorno, simbolizado por la citada arquitectura del Museo Judío.      Desde el intento de imponer el orden al mundo exterior, el artista pasa al mundo interior del ser humano para ordenar sus propios sentimientos. La segunda serie fotográfica se basa en Las Moradas, obra escrita por Santa Teresa de Jesús en 1577. Ferrer repasa fotográficamente las habitaciones del castillo interior, las moradas que son las distintas etapas de la espiritualidad. Quiere crear una metáfora visual del milagro de clarificar y hacer accesible esa materia que es inefable e intangible, tan eficazmente plasmada por la santa en prosa. La serie es un trabajo en proceso, y trata de demostrar con elementos tan cotidianos como el algodón y la luz, la progresión espiritual establecida y descrita por Santa Teresa. No es una lección moralizante de Ferrer, sino que es otra indicación de que hay que organizar el mundo interior, como en la serie Berlín.      La séptima morada es una caja de luz, un sarcófago lleno de algodón. Suelen ser cuerpos y materiales cotidianos transformados en cosas incongruentes a razón de sus cualidades plásticas. El círculo de la tapa de batir, en esta Séptima Morada, por ejemplo. Emplea la fotografía para captar la emanación misteriosa de una luz sublime. En este momento de la trayectoria de Ferrer, la luz es el elemento formal más investigado.      El tercer y último conjunto, El Ki, realizado con ordenador, se concentra en los focos de la energía vital y corporal. Emplea elementos de la medicina que seguimos llamando “alternativa” aunque sepamos de su eficacia, como las agujas de la acupuntura china. El rojo vivo de Sálte con la mano saliente, es una llamada para salir de la droga, una petición de ayuda. Ferrer investiga a fondo también los colores de los Chakras, los centros de energía corporal, en Madera. La comparación de los colores de los Chakras con la teoría del color y las emociones postulada por Kandinsky (Lo espiritual en el arte, Munich, 1911) merecía otro ensayo aparte.      Las fotografías Meditaciones y Temple (Las Velas de Teresa) son puntos de reflexión sobre la futura trayectoria de Ferrer. Sirven para señalarnos el camino hacia donde se dirigen las preocupaciones de la artista, probablemente hacia la búsqueda de una estructura que ordena el cosmos, tanto exterior como interior. Esto lo ha logrado estudiando las jerarquías de las etapas del misticismo de las moradas imaginarias de Santa Teresa, el control geométrico del Museo Judío de la serie Berlín, ese recuerdo arquitectónico del más espantoso genocidio de la humanidad, y la energía zen.      En conclusión, destacamos que cada artista es un fiel reflejo de su propio tiempo y Ferrer, sin lugar a dudas, lo es del suyo. Nuestra era es postmoderna, y los asuntos de la originalidad, la información diseminada y la asimilación cultural, más la interdisciplinaridad, son conceptos de comprensión obligada. Ferrer, en su deliberada denuncia y coherencia plástica plasmada a través de la fotografía, no es una excepción. Crea escenarios y emplea la fotografía para exteriorizar el proceso psíquico interior para, en palabras de la santa, “ser capaz para recibir la luz”. 

CATHERINE COLEMAN

Conservadora de Fotografía, Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía Marzo 2000

 
< Anterior   Siguiente >