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La intimidad transformada. Notas sobre las moradas - Alberto Ruiz de Samaniego. Imprimir E-Mail

 

  LA INTIMIDAD TRANSFORMADA. NOTAS SOBRE LAS MORADAS DE YOLANDA FERRER.  

“ El último y más levantado tránsito de la intuición estética es el amor con aniquilamiento, renuncia y quietud.”

Valle Inclán, La lámpara maravillosa. Si es cierto, que lo es, que la mística castellana ha legado a la Modernidad más exigente la invención de la intimidad, no lo es menos que los escritos de Teresa de Ávila configuran, en gran medida, la expresión de una intimidad amarga y dolorida. Estamos ante la experiencia irreductible de un anhelo de unión divina que, irreparablemente, transita por el dolor y la enfermedad. La santa tuvo épocas de verdadera angustia y tercos quebrantos fisiológicos. Incluso, parece, hubo momentos en que la dieron por muerta. Pero es justamente en medio de sus dolencias cuando Teresa de Ávila empieza a practicar el método de oración llamado recogimiento; un método que, por decirlo brevemente, consistía en un deshacerse y alejarse de todas las cosas creadas hasta que, quietas y acalladas la inteligencia, la memoria y la voluntad, el alma se llenara de la presencia de Dios.  La idea del recogimiento - tan decisiva en las imágenes de Yolanda Ferrer - está, de este modo, latente en toda la obra de Teresa (escrita y fundacional o arquitectónica), pero de manera particular en las Moradas del castillo interior que sirven de inspiración a nuestra fotógrafa. Esto determina, asimismo, un rasgo que Yolanda Ferrer compartirá con la escritora mística: no se puede hablar de verdaderas distancias entre la obra (escrita o plástica, en cada caso) y la biografía: la historia personal se hace teoría teológica en una - o imagen artística, en otra - y, al tiempo, se concreta vitalmente en lo biográfico; sobre todo cuando, en ambos casos, hay una clara analogía en la experimentación de momentos verdaderamente críticos en relación con la enfermedad y la muerte. De manera que Yolanda Ferrer bien podría suscribir aquéllo que la santa mantiene en el prólogo del Camino de perfección: “No diré cosa en mí u en otras no lo tenga por espiriencia”. La obra de arte es, pues, aquí, el resultado de un proceso experiencial que diríamos en carne viva, en la medida en que resulta, antes que nada y dramáticamente, una relación que de forma ineludible ha transitado por el cuerpo.            Por esto mismo no es en absoluto casual que Yolanda Ferrer se haya fijado especialmente en aquellos pasajes de las Moradas teresianas en que la escritura presenta con maravillosa descripción procesos metamórficos, verdaderos procesos de transformación que afectan sustancialmente a la corporalidad. Como es sabido, en las Moradas del castillo interior se compara el alma con una fortaleza distribuida en siete moradas, que simbolizan precisamente los distintos grados de intimidad en que el alma vive consigo misma y, en última instancia, con Dios, que no es otro que el morador del centro del castillo. Para llegar a este centro, el alma debe ir penetrando en sí misma y progresar en la renuncia a las cosas de este mundo. Ya en las cimas de la unión mística (en el acceso a las últimas moradas) el alma gozará del amor que le tiene el Esposo trascendente, al tiempo que debe servirle y atenderle. De forma que ahí se conjugan la acción y la contemplación, en dualidad muy propia del temperamento y la doctrina de la escritora que las imágenes de Yolanda Ferrer también han de aprovechar. Sin ir más lejos, una derivación de este planteamiento dual es la que se produce en la relación entre interior-exterior - una confrontación muy presente, también, en las fotografías que comentamos. Es sabido, por lo demás, que en la mente de Teresa siempre está grabada la idea segura de que lo bueno está dentro y lo malo está fuera, de modo que el acercamiento a Dios se produce comúnmente en medio de un deslizamiento interiorizante hacia una intimidad cada vez más soberana e inefable, cada vez más recóndita y enigmática incluso para la propia santa que lo escribe. ¿Cómo no relacionar toda esta optimización de la interioridad con el amplísimo - y a la vez sensual -  repertorio de velamientos, encajes, pliegues y repliegues que nos presentan las fotografías de Yolanda Ferrer?  Diríase que el centro del enigma deseado, el mismo ideal regulativo del proceso escenográfico y plástico, allí donde reposa lo ocultado por todos esos algodones o esas sedas traslúcidas que anhelan la transparencia o la blancura de la redención, necesita de los cuidados del envolvimiento, de la temperatura cálida y acogedora de lo que se serena guardado y encarecido en múltiples coberturas como joya del alma (y, ciertamente, no otra cosa es este destino que el de formalizarse el alma como una con su propia trascendencia divinizada o sacra).            Pero ¿qué sucede, en verdad, con el cuerpo en las imágenes que comentamos? Sin duda, el punto central del escrito teresiano se halla en los pasajes que proyecta Yolanda Ferrer, esto es: todo lo referente - en la quinta morada - al gusano de seda y la mariposa. De nuevo estamos ante la mencionada dualidad: la oposición gusano/mariposa simboliza claramente la oposición muerte/transformación. Así, nos encontramos con que en las primeras moradas se nos presenta un mundo fantástico, conflictivo y ululante, que deviene, en ese momento crucial de la quinta morada, mezcla de luz y tinieblas (¡el claroscuro que tanto interesa a nuestra fotógrafa!), para volverse, finalmente, radiante y sereno en el tramo final del libro. Yolanda Ferrer se detiene, pues, en ese instante simbólico fundamental para la definitiva transformación que posibilitará la unión del alma con Dios en lo más profundo. El gusano que se vuelve mariposa (o palomilla en otros momentos) se caracteriza por su ímpetu ascensional; por haber adquirido la facultad del vuelo místico, participa, en este sentido, del simbolismo general de todo animal alado: espiritualidad y poder de sublimación; ello hasta el punto de que en la siguiente morada, la sexta, esta mariposa o palomilla se hallará satisfecha y, como escriba la santa, incluso “haga asiento adonde ha de morir”. Esta mariposa anda, entonces, ya próxima al fuego, la centella o el brasero divino en que se fundirá definitivamente con el objeto de su amor, al punto de alcanzar la extinción misma; beatífica extinción de toda marca corporal y subjetiva que Yolanda Ferrer tan bien sintetizará en la caja de luz que alude, ya en su título, a la séptima y última morada del libro teresiano.            Muerte, entonces, del cuerpo como símbolo radical de la transformación, o como señala Teresa de Ávila: los gusanos que crían la seda...sacando de sus entrañas (nótese bien esta referencia) el capullo de seda, labrando su sepulcro..., se quedan encerrados en él y mueren, pero de ese gusano muerto vuelve a nacer una palomita o mariposa. No es baladí tampoco la significación del animal escogido: el gusano. Sin duda esta elección está impregnada de connotaciones de dolor y angustia, cuando no de humildad extrema o de la degradación física (tal vez moral) a que este tipo de criatura animal irreparablemente remite. Teresa/Yolanda nos hacen ver, de esta forma, cómo, por decirlo con palabras de la santa, “es posible en este destierro comunicarse un tan gran Dios con unos gusanos tan llenos de mal olor, y amar una bondad tan buena y una misericordia tan sin tasa.” Hemos llegado, pues, al punto más bajo de la humillación y la destrucción mundana, al punto máximo del exilio espiritual, pero aún así, o precisamente por ello, la atención y misericordia divina comienza a manifestarse. Y, aún más, en esta manifestación tiene función preponderante la propia acción del sujeto, del cuerpo que aspira a la transformación. Esta vía tremendamente activa del alma desconcertada y humillada, que lucha en esa su interiorización por su propia salida redimida, que lucha incluso angustiosamente unas veces, otras como en sordina para escabullirse de todo tipo de impedimentos, está muy presente en las imágenes de Yolanda Ferrer. Al cabo, “la humildad siempre labra como la abeja en la colmena la miel, que sin esto todo va perdido.”(Morada primera). Gusano, o abeja, son, a juicio de la santa, animales especialmente diligentes en trabajar para nuestro provecho, incluso, como matiza la mística, ”con mucha industria”, hasta el punto de que, sostiene no sin asombro ni agrado,  “el pobre gusanillo pierde la vida en la demanda.” O, también, este aviso equiparable en la Morada Tercera: “que no está el negocio en tener hábito de religión u no, sino en procurar ejercitar las virtudes y rendir nuestra voluntad a la de Dios en todo, y que el concierto de nuestra vida sea lo que Su Majestad ordenare de ella, y no queramos nosotros que se haga nuestra voluntad, sino la suya.”            Todo este uso y empleo de ejercitaciones de las potencias del alma no tiene, sin embargo, un fin de conocimiento. No es la vía intelectual la que seduce a la santa, sino la del amor. Es más, llegados a este dominio del recogimiento activo, de poco sirve el intelecto o los conceptos; estamos más bien ante un tipo de experiencia pre o post-lógica, al cabo hondamente intuitiva y sensitiva; o lo que es lo mismo, una experiencia estética, plenamente artística, allí donde el amor del mundo se vive en la intensificación de la propia experiencia de hallarnos en él: “no está la cosa en pensar mucho - dice por eso Teresa en su morada cuarta - , sino en amar mucho; y ansí lo que más os despertare a amar, eso haced.” Tal vez nunca sepamos a ciencia cierta lo que sea amar, pero sin duda todos alcanzamos, y no precisamente por vía intelectiva, que en esa fusión del amor, en ese participar en el hondón de una experiencia de amor, lo que verdaderamente participa es el cuerpo; lo que sufre, se exaspera, se derrama y derrite de amor es el cuerpo. En verdad, es aquí adonde, creo, apuntan las imágenes de Yolanda Ferrer. Si algo ha entendido la mística de todos los tiempos y lugares es precisamente esto: que no hay más ámbito para la experiencia espiritual que en la propia participación corporal (éste es, incluso, un rasgo típico de la reflexión teresiana). Que no hay, en fin, más forma de hallar el tesoro escondido del ser que indagar en nuestra propia corporalidad; por eso es que Teresa le pide a Dios que le dé fuerza para excavar dentro de sí, “para cavar hasta hallar este tesoro escondido, pues es verdad que le hay en nosotras mesmas.” (Morada quinta). En la medida en que, como bien dice ella en esa misma quinta morada, los sentires experimentados del gozo unitivo “es como si fuesen en esta grosería del cuerpo u en los tuétanos, y atiné bien, que no sé cómo lo decir mejor.” ¡Qué plasticidad, y qué atrevimiento, equiparar el dominio del espíritu con la sustancia innoble de los propios tuétanos!            Llegamos así al punto final que nos interesa: la casa que el gusano con su calor va labrando y excavando dentro de su propio cuerpo (hasta convertirse, a través de la muerte, en “una mariposica blanca muy graciosa”) no es otra que Dios mismo. Dice la santa: “Pues veis aquí, hijas, lo que podemos con el favor de Dios hacer: que Su Majestad mesmo sea nuestra morada, como lo es en esta oración de unión, labrándola nosotras. (...) pues digo que Él es la morada y la podemos nosotros fabricar para meternos en ella.” (Morada quinta). La santa llega así a pedir que “muera y muera” ese gusano diligente, “como lo hace en acabando de hacer para lo que fue criado, y veréis cómo vemos a Dios y nos vemos tan metidas en su grandeza como lo está este gusanillo en este capucho.” En medio y medio de ese proceso de muerte y regeneración están las imágenes de Yolanda Ferrer, en el cruce mismo de la metamorfosis, en el claroscuro de unos velos que se desgarran, entrando el cuerpo vivo como en lo eterno de un otro nacimiento. Aquí el cuerpo-mariposa ha comenzado a dejar atrás todo su desasosiego de criatura arrastrada y mortal, para volverse estado de blancura quieta y sosegada, recogida en esa su alma transformada en morada divina. “¿A donde irá la pobrecica?”, se pregunta por un momento Teresa. No a otro sitio que allí donde mana el conocimiento propio, que es, a su vez, el más íntimo y extraño; extraño extranjero que nos habita en lo más profundo o escondido, en verdad en el meollo mismo de los tuétanos o las entrañas, y que algunos llaman ser, y otros Dios (la santa llega a hablar, en este sentido, del sentimiento de “soledad extraña” que el alma incorpora en la vía unitiva: allí donde “criatura de toda la tierra no le hace compañía”). Esa alma-mariposa, absorta, recogida, extrañada y solitaria, es, en fin, la que Yolanda Ferrer nos presenta envuelta todavía en transparencias, escarceos, presentimientos y velos, como si de una novia se tratase; novia, pues, o amada, mariposa, palomilla... tanto da; al cabo, ave preparada al vuelo es; ave fénix renacida de su propia muerte que, en puro olvido de sí, ya se encamina hacia la unión definitiva (los desposorios de que habló tanto en las Moradas Teresa de Ávila) con su Amado.

                        Alberto Ruiz de Samaniego.

 
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