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Cerrar los ojos para ver - Xulio Valcarcel Imprimir E-Mail

Xulio Valcárcel

Cerrar los ojos a los fenómenos exteriores, tentar en lo oscuro, percibir en lo hondo la revelación interior, el conocimiento esencial, no bajo las formas engañosas de la apariencia si no bajo el fulgor cegador de la verdad. Esa ha sido la vieja aspiración de místicos y poetas, de artistas y santos. Y esa es también la aspiración de Yolanda Ferrer en su personal y sugestiva interpretación de dos textos de Juan de Yepes, “Llama de amor viva” y “El pájaro solitario”. Solícita entrega, dulce tormento, el amor, herida tierna, ardiente escalofrío, logra, en su plenitud, conciliar extremos opuestos: el hielo quema, el dolor y el placer se confunden.

Si el amor proclama la fusión, la con-fusión y la combustión de dos cuerpos en un solo espíritu, el pájaro solitario nos propone una vocación de altura y de esquivo apartamiento. Ajena a las vulgares preocupaciones, a los diarios avatares, el ama superior, serena y magnánima, humilde, desnuda de artificios, se eleva hacia las cumbres de la soledad radical, del rigor y del esfuerzo ascético. De la recompensa final, una vez superadas pruebas y dificultades.

Hay, en la interpretación que Yolanda Ferrer nos ofrece de “El pájaro solitario”, una aspiración de verticalidad, de impulso hacia lo alto. Gasas, veladuras, fundidos de diversos colores y matices, manchas sobrepuestas, intensas o delicadas, esconden y enseñan, obstaculizan y a la vez revelan la realidad escondida, cuya transcendencia podemos solamente entrever. A menudo se sugiere alguna imagen, apenas perceptible, diluída en una niebla que todo lo envuelve, captación entresoñada, vaga, que nos permite ahondar en su noticia.

En un proceso evolutivo, Yolanda Ferrer refleja en su obra el inicial despegue desde la figuración: espinas, cristales hirientes..., de ahí pasa a un estadio en el que las velas, las luminarias, parecen guiar al alma que busca desorientada, torpe, como quien desenreda nudos o salva obstáculos, encontrar una salida, avanzar en su camino. Accede, luego, en un momento posterior, a la interiorización, a la percepción numinosa, y logra, por último, el vuelo puro, el acceso a espacios de pureza y de inocencia, de verdad.

Con técnica afinada y precisa, Yolanda Ferrer trabaja encima de las propias manchas, investigando los propios elementos que maneja, procurando la confluencia armoniosa entre idea y sentimiento, entre la experiencia interior y la plasmación hacia afuera de esa vivencia. Ajustado encuentro que podemos observar en las “cajas de luz”, realizadas en papel de algodón con pigmentos, en las que la artista conjuga con extraordinaria habilidad las gamas cálidas de las tonalidades rojas con las frías de los azules. No otra cosa es la dialéctica entre razón y emoción, entre la sombra y la luz, entre la ignorancia y el conocimiento.

Vencer la ignorancia, no sucumbir a la ira. Hacer entrega de lo propio y particular en la corriente universal de lo otro y lo ajeno, perderse en la alteridad para encontrarse a uno mismo a través de esa “Llama de amor viva..., que tiernamente hieres de mi alma en mi más profundo centro”. Aportación, sacrificio, desdén de lo propio, no para vernos con nuestros ojos, si no para percibirnos en los ojos que nos miran. Sombras esluídas, vibrantes resplandores, llamas de colores anaranjados, cálidos contrastes que Yolanda propicia para que alcancemos a conocer esa realidad por dentro, esa llama, la propia combustión que arde en si misma y que así misma se cumple consumiéndose, hasta llegar al blanco. El blanco, la pura luza. Cerrar los ojos para ver.

 
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