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Fragmentos de texto de Carmen Pallarés Imprimir E-Mail

El uso y la costumbre no han logrado que yo experimente el hecho fotográfico sin asombro;  diré que siento incluso alteración, quizás con filiaciones animistas. No consigo situarme ante una fotografía sin percibir que estoy considerando una técnica y un procedimiento que hace posible algo extraordinario, una especie de espejo portátil que captura realidades externas e internas, que se convierte en una realidad distinta y que con su poder de transformación tiene una poderosa y paradójica labilidad. Sé que tal tesitura favorece la intensidad de la experiencia, muy principalmente cuando las obras fotográficas despliegan sus poderes en torno a determinados temas.

 La serie que muestra ahora Yolanda Ferrer; hondamente propiciada por Las Moradas, de Teresa de Ávila, es paradigmática de ese poder casi portentoso que puede tener la fotografía cuando se hace vehículo expresivo de propósitos artísticos como éstos: intentar traducir en imágenes tangibles y mensurables realidades intangibles ajenas al peso y a la medida; tratar, mediante la luz física, de aproximarse a la luz metafísica; seguir con pautas espaciales extraordinarias pautas temporales; acompasar la transformación de la esencialidad anímica y la visión espiritual a la capacidad limitada de unos órganos físicos instalados en la gravidez; intentar que la luz perceptible nos haga concebir un paso cualitativo hasta internarnos en la percepción de la luz genesíaca, al éter lumínico, y ascender así, de Morada en Morada; detenernos en el estado de crisálida hasta reaparecer conformados por los irisados colores que pueden ondular libremente en el aire; acercarnos a la consideración de la experiencia mística; reclamar para el arte un precio que no sea el materialista; tratar al cuerpo, el femenino en este caso, como un templo posible y deseable en lugar de como triste máquina desmontable.  La digitalización es utilizada por Yolanda Ferrer con un equilibrio admirable, logrando lo más peliagudo: manifestar con sencillez y claridad lo que es más difícil de captar, máxima aspiración formal del arte, puente tendido entre lo natural y lo prodigioso, entre lo visible y lo invisible, entre lo orgánico, lo intelectual, lo anímico y lo espiritual. Es una muestra bizarra para los tiempos artísticos que corren; coherente, necesaria y plena de calidad formal.  

Carmen Pallarés

 

ABC Cultural, Marzo 2003

 
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